
Simplemente, ella las abrazó. Las saludó como si su estado fuera el de siempre y sugirió partir hacia donde debían.
Una de ellas la paró y se atrevió a preguntar si todo iba bien. Ella, con una amplia sonrisa empañada, les respondió: “perfectamente, como siempre.”
Nada, absolutamente nada, es verdad. La vida no es más que un cuento.