20/9/14

Somos aquello que nos rodea.

Nació pequeña, delicada, con un color resplandeciente.
Encogida, pues se sentía observada, disfrutaba del viento en cada extremo de su cuerpo.

Sin moverse, sin molestar, respiraba profundamente. No se relacionaba con nadie, pero tampoco se sentía sola. Era feliz de estar viva.

Fue creciendo, así como los de su alrededor. Algunos eran más grandes que ella, pero con un color más apagado, y la mecían con palabras necias.

Ya no oía el viento, no oía la hierba crecer, la lluvia caer. Todo eran gritos que se abrazaban a ella.
Se resistía, solo deseaba el bien, el relacionarse obligada para crear una armonía que hiciera vivir a los demás. Abrazarse al enemigo y transmitirle la alegría que corría por sus venas. Pero solo la corrompía más, se volvía débil.

Su piel de porcelana se quebraba.
Su color murió.
Sus ganas de vivir no latían.

Y cayó.

Cayó para ser pisada por gente que la miraba por encima del hombro, para ser barrida por el viento que ella tanto amaba, trasladada a lugares inhóspitos, húmedos.

Murió su pureza y con ella, la fe de poder crear un lugar en el que todos se respetaran y brindar por dar color a la triste vida humana.



¿Te sientes identificado? Nos parecemos más a la naturaleza de lo que creemos.

¡Qué duro es ser una hoja!

3 comentarios:

Señor M. dijo...

Si Común encuentra a Denominador, juntos encontrarán la respuesta.

Sólo es cuestión de no rendirse. Las guerras no se ganan en una sola batalla.

Maibaik dijo...

Nuestro color nunca muere,
te lo prometo.

Maibaik dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.